La calma del péndulo
Muchas veces, puede ser que nos sintamos inquietos por no saber por dónde continuar, o cómo proseguir con lo que hacemos. Quizás, lo ya hecho nos genera cierta insatisfacción, aun cuando hayamos alcanzado lo que queríamos en la vida. Porque estamos intranquilos; y ello se manifiesta claramente en el latido del corazón.
En esta
situación, lo más conveniente sería detenerse y hacer un alto. Pero, ¿qué nos
pasa cuando paramos de golpe? Por ejemplo (y de modo literal), que de repente
permanezcamos parados y sin movernos durante un período de diez minutos.
Seguramente, el tiempo se nos hará eternamente largo y sentiremos que
transcurre lentamente; al mismo tiempo que nuestro corazón latirá rápidamente y
con ansiedad.
Porque,
todos esos síntomas suceden en un modo de vida que nos apura y obliga a cumplir
con un montón de actividades. Nos encontramos constantemente sobreestimulados,
saturados por la información que nos aturde y confunde.
Por ello,
para detenerse y plantearse qué hacer en la vida, para parar y permanecer de
pie, no solamente hay que detenerse de golpe y quedarse quieto. Sino que se
debe aprender a encontrar la calma en la quietud. Una calma serena, que luego
pueda también acompañarnos en el movimiento del hacer cotidiano.
¿Y cómo se
encuentra la calma, si es que no se alcanza con solamente quedarse quieto? Es
que la calma aparecerá luego de crear nuestro propio centro. Un centro desde el
que plantarnos y proyectar desde allí nuestra vida con serenidad. Y esto se
puede practicarlo. Una forma de lograrlo es mediante la realización de
movimientos suaves y delicados; junto con respiraciones armónicas, que paulatinamente
coordinen con la ejecución de los movimientos. Así, de a poco, podremos
enfocarnos en el procedimiento sin necesidad de forzar la concentración, hasta
el punto de ralentizar cada movimiento y hacerlo conciente. Es como si se
tratara de un péndulo, que al soltarlo, en el vaivén disminuye la velocidad y la
trayectoria; pero siempre emplea el mismo tiempo de ejecución entre un extremo
y el otro, hasta alcanzar la quietud en el centro.
De la misma
manera que el péndulo, podemos comenzar con un movimiento amplio y una
respiración profunda. Y, poco a poco, en cada repetición lograr enlentecer el
movimiento, mientras que la respiración fluye de modo continuo. Así, podremos
ir del movimiento a la quietud, mediante un proceso que nos lleve a la calma
del centro; y que luego, desde allí, dicho centro y calma alcanzada, puedan trasladarse
a cada movimiento.
Ahora,
cuando alcancemos la calma del corazón, la calma de la mente, la calma de la
respiración… Cuando alcancemos la calma que surge del centro creado, a partir
del movimiento conciente que lleva a la quietud, podremos apreciar el verdadero
cultivo de la energía. Se trata de una sensación de plenitud y vitalidad, que
es la base para el desarrollo de cualquier actividad que se desee realizar. Una
serenidad necesaria para continuar con el propio camino; y proyectarse con
entusiasmo, satisfacción y bienestar.
Los invito
a disfrutar de esta práctica; y me dispongo para acompañar a quienes buscan
incorporarlo en su vida.
Por Marcos F. Beltrame
Profesor de Filosofía
Instructor de Kung Fu – Tai Chi

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