Entre el fluir y el rito




Entre el fluir y el rito 


A veces se permanece en el fluir sin necesidad de forzar, y ello resulta natural y conveniente; otras veces, sin embargo, el curso se interrumpe, se desvía o se torna turbulento, generando una sensación de desajuste. En esos momentos, los ritos pueden actuar como una vía para reconducir la energía hacia el fluir, aunque no siempre sean imprescindibles. También es posible restablecer la armonía sin mediación ritual, a partir de la atención y la disposición interior. El fluir, entendido como la capacidad de acompañar el movimiento de la vida sin resistencia, requiere tanto sensibilidad como discernimiento: sensibilidad para percibir el ritmo de lo que acontece, y discernimiento para reconocer cuándo es preciso intervenir o retirarse.

El término ritual designa un conjunto de prácticas regladas que combinan pautas repetitivas, formalización, uso de símbolos y marcadores que delimitan un comienzo y un cierre. Estas secuencias estructuradas tienen un efecto psíquico y fisiológico. Al reducirse la imprevisibilidad del entorno inmediato, contribuyen a estabilizar el estado cognitivo y emocional, disminuyendo la activación ansiosa. Porque la ejecución ritual puede amortiguar las respuestas neuronales vinculadas a la frustración o al error, al reducir la intensidad del monitoreo interno de fallos. Este proceso se traduce en una mayor sensación de autodisciplina y refuerza la capacidad de autocontrol. Además, incrementa la percepción de control subjetivo ante el estrés, y dicho sentimiento de control actúa como mediador en la reducción del malestar. Así, el rito cumple una función reguladora, en tanto que da forma al tiempo interno, encauza la atención y permite convertir la incertidumbre en ritmo.

Desde esta perspectiva, podría decirse que existen dos modos de vivir. Uno que daña y deteriora, y otro que cuida y armoniza. La diferencia entre ambos no reside tanto en los hechos concretos como en la conciencia que se tiene de los cambios y en la forma de responder ante ellos. Ya que los ritos, al igual que los códigos de conducta, pueden constituir caminos hacia el equilibrio y la atención plena, pero también pueden volverse rígidos y limitantes cuando se pierden su sentido o se practican de modo mecánico. Justamente, la línea que separa lo saludable de lo nocivo es sutil, y depende del contexto, de la intención con que se practican y del grado de presencia interior que los acompaña. De ahí la importancia de revisar continuamente el significado de las propias prácticas, para que sigan siendo instrumentos de cuidado y no cadenas de repetición vacía.

Porque el problema radica, en última instancia, en cómo interpretamos los cambios. A veces creemos que algo nos daña, cuando en realidad nos está preservando; o suponemos que algo nos protege, cuando en verdad nos perjudica. La incertidumbre es parte del proceso vital. No hay certeza absoluta sobre el sentido de lo que acontece, y muchas veces solo queda confiar en la intuición. En ocasiones nos guiamos por lo que dicta lo común o lo compartido; en otras, por el consejo singular de quien percibe con más agudeza; y no es raro descubrir con el tiempo si una decisión fue acertada o errónea. En ciertos casos, el margen de acción está condicionado por factores externos, pero incluso entonces el juicio personal debería conservar su primacía. Este juicio, aunque toma en cuenta todo lo externo (avisos, estadísticas, técnicas, tradiciones), pertenece en última instancia al discernimiento propio, que integra lo externo sin perder su centro.

Sin embargo, y con frecuencia, los cambios nos alcanzan sin previo aviso, y ante ellos solo cabe intentar preservar lo esencial. Las decisiones que tomamos se anclan, entonces, en una determinada forma de valorar el mundo, una manera de habitarlo y darle sentido. No obstante, para que esta decisión pueda ejecutarse tal como fue concebida, dependerá no solo de la voluntad, sino también de las condiciones del entorno. Y las consecuencias que de ello se deriven —tanto las esperadas como las imprevistas— pasarán luego a formar parte del aprendizaje que orienta los futuros actos. Es en ese ciclo continuo entre lo que se hace, lo que se comprende y lo que finalmente se integra, que se aprende a mantener el propio fluir dentro de la forma, y a encontrar en el rito, o en su ausencia, un modo de permanecer fiel a la vida que cambia.


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