El crecimiento invisible
El crecimiento invisible
Cuando observamos una planta durante unos minutos, aparentemente no sucede nada. Sin embargo, en su interior están ocurriendo procesos continuos. Se dividen células, se transportan agua y nutrientes, crecen las raíces, se realiza la fotosíntesis y se reorganizan los tejidos. La planta está creciendo, aunque ese crecimiento no pueda percibirse a simple vista.
Algo semejante ocurre con una práctica corporal sostenida. Una persona puede practicar durante semanas y tener la impresión de que no mejora. Después, un día realiza un movimiento que anteriormente le resultaba difícil y descubre que algo cambió. La transformación parece repentina, pero probablemente comenzó mucho antes. Lo visible puede ser solamente la manifestación tardía de un proceso que llevaba tiempo desarrollándose.
Solemos identificar el aprendizaje con aquello que podemos comprobar inmediatamente. Si hoy hacemos un movimiento mejor que ayer, pensamos que hemos progresado. Si lo hacemos igual, podemos concluir que no avanzamos. Sin embargo, durante ese mismo período podemos estar desarrollando una mayor sensibilidad hacia el equilibrio, reconociendo una tensión que antes pasaba inadvertida o comprendiendo mejor una coordinación sin que ninguna de esas modificaciones sea todavía evidente.
El cambio puede estar ocurriendo antes de que podamos reconocerlo como cambio.
Kazuo Ono fue uno de los grandes referentes de la danza Butoh japonesa. Su trabajo estuvo marcado por una particular relación con el tiempo, la presencia y la percepción del movimiento. En su manera de entender la danza, la lentitud no era simplemente una disminución de la velocidad, sino una forma de permitir que aparecieran aspectos del movimiento que normalmente permanecen ocultos.
Por eso resulta sugerente la idea de Kazuo, que decía “en la lentitud se revela lo invisible”. La lentitud no produce por sí misma el crecimiento, pero crea condiciones para percibir procesos que la velocidad suele ocultar.
Cuando ejecutamos un movimiento rápidamente, muchos acontecimientos desaparecen de nuestra percepción. Podemos llegar correctamente a una postura sin haber advertido cómo distribuimos el peso, qué hizo la rodilla durante la transición, cuándo apareció una tensión en los hombros, cómo se organizó la columna o de qué manera comenzó el desplazamiento.
Al reducir la velocidad, esos acontecimientos pueden hacerse perceptibles. Podemos observar cuándo comienza la transferencia del peso, qué parte del pie recibe primero la carga, cómo responde la rodilla, qué sucede con la pelvis y cómo cambia la respiración. Hacer lentamente no significa simplemente hacer lo mismo más despacio. Puede significar convertir cada instante del movimiento en un campo de observación.
Esto no implica que toda práctica deba realizarse lentamente. La velocidad también forma parte de la habilidad. La lentitud puede utilizarse para investigar y la velocidad posterior para comprobar si aquello que hemos investigado puede integrarse en una ejecución más natural.
Además, esta manera de practicar también modifica nuestra relación con los resultados. Hay que hacerse amigo de la práctica. Se practica porque se practica. Esto no significa practicar sin propósito, sino evitar que el propósito se convierta permanentemente en una exigencia psicológica.
Podemos tener una dirección clara sin necesitar comprobar en cada sesión si ya hemos llegado allí. Queremos mejorar la estabilidad, comprender una transición, trabajar la relajación o desarrollar una mayor coordinación. Esa es una dirección. La expectativa ansiosa, en cambio, pretende determinar cuándo y cómo debería aparecer el resultado.
Porque, vale aclararlo, el repetir no equivale necesariamente a aprender. Si una persona repite mil veces un patrón incorrecto, puede estar reforzando aquello que necesita modificar. Por ello, la práctica necesita tres elementos que se retroalimentan: 1. La repetición proporciona experiencia y continuidad. 2. La técnica proporciona dirección. 3. La atención permite obtener información sobre lo que realmente está sucediendo.
Y esto podemos imaginarlo como un ciclo. Practicamos, observamos, detectamos algo, hacemos un ajuste, volvemos a practicar y observamos nuevamente. Lo que descubrimos en una repetición modifica la siguiente.
Esto nos resulta especialmente útil en el Taichi. Supongamos que durante una forma queremos investigar exclusivamente qué ocurre con el dedo gordo del pie durante una transición. No buscamos mejorar toda la forma. La pregunta es mucho más pequeña.
«¿Qué relación tiene el dedo gordo del pie con la dirección de la rodilla durante una transición?»
A partir de ahí podemos observar qué sucede con la distribución del peso, la estabilidad, la tensión de la pantorrilla, la pelvis y la respiración. Podemos modificar mínimamente el apoyo y comprobar qué cambia.
La investigación se vuelve microscópica. Una persona puede llevar años realizando un movimiento sin haber dirigido nunca su atención hacia un aspecto determinado. Cuando finalmente lo hace, puede descubrir algo que siempre estuvo presente, pero que hasta entonces permanecía fuera de su campo de percepción.
A medida que la observación se vuelve más precisa, también cambia nuestra manera de comprender el conocimiento práctico. Primero aparece una experiencia. Después surge una pregunta. Podemos comparar diferentes maneras de realizar el movimiento y observar qué cambia.
Algo parecido ocurre con el error. El error puede ser información, pero para que esa información sea útil necesitamos saber qué estamos intentando observar. Decir “lo hago mal” no aporta demasiados elementos para investigar. En cambio, decir «“Cuando transfiero el peso hacia la izquierda, la rodilla tiende a adelantarse respecto de la dirección del pie”»
transforma un juicio general en una observación concreta. Ahora podemos preguntarnos cuándo sucede, bajo qué condiciones y qué modificación podría evitarlo.
Cuando sabemos qué observar, incluso una dificultad puede convertirse en una pregunta.
Y esto nos lleva a otra cuestión. ¿Qué significa mejorar?
La concepción habitual del rendimiento imagina una línea progresiva. Practico, mejoro, alcanzo un nivel y paso al siguiente. Pero las disciplinas corporales pueden funcionar de otra manera. Se vuelve una y otra vez al mismo movimiento, aunque quien lo realiza ya no sea exactamente la misma persona que lo ejecutaba antes.
La repetición puede ser una espiral. Volvemos al mismo movimiento desde otro nivel de percepción, con otra experiencia y con preguntas que antes ni siquiera podíamos formular.
Esta idea resulta especialmente importante en una forma larga como la del estilo Yang 108. La forma puede repetirse cientos o miles de veces y, aun así, cada repetición puede plantear una pregunta diferente.
La forma permanece. El practicante cambia.
La primera vez que una persona aprende una secuencia puede estar concentrada en recordar el orden de los movimientos. Más adelante puede observar la distribución del peso, la continuidad entre una postura y otra, la respiración, la relajación o la coordinación entre las manos y las piernas.
El movimiento externo puede parecer el mismo, pero la tarea perceptiva ha cambiado.
Por eso una forma larga puede convertirse en un laboratorio de observación. En lugar de intentar mejorar todo al mismo tiempo, podemos elegir una sola variable. Por ejemplo, durante una sesión podemos decidir que no intentaremos corregir toda la forma, sino observar cómo termina cada transferencia de peso.
Esta decisión reduce la carga cognitiva y permite dirigir la atención hacia un aspecto concreto. Después de varias sesiones, ese detalle puede integrarse en el movimiento general y entonces podemos elegir otro.
Así se construye el aprendizaje mediante una pregunta precisa, observación, repetición, ajuste, integración y una nueva pregunta.
El aprendizaje tampoco consiste solamente en agregar información. A veces consiste en transformar aquello que inicialmente requiere atención consciente en una capacidad disponible de manera espontánea. En otras ocasiones, mejorar significa dejar de hacer algo. Dejar de tensar los hombros, dejar de apresurar una transición o dejar de intervenir cuando el cuerpo ya encontró una organización adecuada.
El progreso no siempre consiste en agregar una capacidad. También puede consistir en eliminar interferencias. Aquí podemos volver a la imagen de la planta.
Nadie tira de una planta para hacerla crecer más rápido. Quien cultiva prepara las condiciones. Proporciona tierra, agua, luz, protección y tiempo. Después observa.
En una práctica corporal ocurre algo parecido. Cultivar significa preparar las condiciones para que algo pueda desarrollarse. El practicante no fabrica directamente el resultado. Trabaja sobre las condiciones corporales, atencionales, respiratorias, técnicas y mentales que pueden favorecer una transformación.
Esto no significa pasividad. Cultivar exige disciplina. Hay que preparar el cuerpo, estudiar la técnica, repetir, observar, corregir y volver a empezar.
Por eso es útil distinguir entre objetivo y expectativa. Un objetivo puede ser concreto. Podemos proponernos estudiar una transición, trabajar la estabilidad de una postura o dedicar varias semanas a observar la transferencia de peso. La expectativa aparece cuando vinculamos ese objetivo con una exigencia sobre el resultado y sobre el momento exacto en que debería aparecer.
El objetivo organiza la práctica. La expectativa ansiosa intenta controlar su desenlace.
Podemos planificar practicar durante tres meses para mejorar una determinada cualidad. Esa planificación puede ser útil, pero no podemos determinar exactamente cómo se manifestará el cambio al final de ese período. Lo que sí podemos hacer es cuidar las condiciones que favorecen que ocurra.
Así, la práctica se convierte en una relación diferente con el tiempo. Cada sesión puede tener un propósito sin convertirse en una prueba. Podemos practicar Yang 108, observar una transferencia de peso, descubrir una tensión, modificarla ligeramente, volver a sentir y continuar. Quizás el resultado sea evidente. Quizás no. Lo importante es que la práctica haya producido información que pueda alimentar la siguiente práctica.
Con el tiempo, aquello que parecía una pequeña modificación puede integrarse en una organización corporal más amplia. Entonces el crecimiento se vuelve visible, pero solamente después de haber ocurrido durante mucho tiempo de manera casi imperceptible.
Tal vez mejorar consista, en buena medida, en aprender a reconocer ese crecimiento invisible. Lo que hoy parece no haber cambiado puede estar preparando el movimiento que mañana aparecerá con naturalidad.
La planta no anuncia que está creciendo. Simplemente crece.
Y quizás la práctica consista también en aprender a cultivar sin necesitar ver continuamente el resultado. Practicar es preparar las condiciones. Observar es reconocer lo que ocurre dentro de ellas. Repetir es darle tiempo al proceso.
El crecimiento invisible no es ausencia de cambio.
Es cambio antes de hacerse evidente.

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