Proteger el momento de conectar
Proteger el momento de conectar
La vida cotidiana tiene una característica particular: tiende a ocupar todo el espacio que encuentra disponible. El trabajo, la familia, los mensajes, los trámites, los desplazamientos, los imprevistos, las preocupaciones económicas y las distintas responsabilidades van llenando el día hasta dejar cada vez menos lugar para aquello que no parece urgente.
Y ahí aparece una dificultad importante. Muchas de las cosas que más necesitamos no tienen la apariencia de una emergencia. Nadie recibe una notificación que diga que hace varios días que no se detiene, que está funcionando demasiado tiempo bajo tensión o que lleva semanas sin dedicar un momento a aquello que le permite sentirse conectado consigo mismo. Nadie nos avisa que hemos dejado de escuchar nuestro cuerpo, de respirar con atención o de permanecer unos minutos en silencio.
Por eso, las prácticas que tienen un valor real para nosotros necesitan ser protegidas. No alcanza con decir “cuando tenga tiempo voy a practicar”. En general, ese momento no llega. Cuando aparece un espacio libre, algo más ocupa su lugar: una tarea pendiente, una llamada, un mensaje, una compra, un trámite o simplemente el cansancio del día.
Podemos imaginar una situación muy común. Una persona se levanta pensando que por la tarde tendrá media hora para hacer Tai Chi o Chikung. Durante la mañana surge una obligación. Después llega un mensaje que necesita respuesta. Más tarde aparece una tarea inesperada. Finalmente llega la tarde y la persona está cansada. No decidió abandonar la práctica. Simplemente dejó su espacio disponible y la vida cotidiana lo ocupó.
Por eso, proteger la práctica no consiste solamente en encontrar tiempo. Consiste en darle un lugar antes de que todo lo demás lo ocupe.
Esto no significa desentendernos de nuestras responsabilidades ni encerrarnos en una actividad para escapar de la vida cotidiana. Significa reconocer algo sencillo: para poder relacionarnos mejor con los demás y con las circunstancias que nos rodean, también necesitamos conservar un espacio en el que podamos volver a nosotros mismos.
Cuando decimos “no tengo tiempo”, además de las horas realmente disponibles existe otra cuestión: ¿qué hacemos con los pequeños espacios que sí aparecen?
Si cada pausa termina ocupada por el teléfono, las redes sociales, una tarea pendiente o una nueva preocupación, es posible que dispongamos de tiempo sin llegar a utilizarlo para aquello que consideramos importante.
Por eso ayuda establecer cierta regularidad. Cuando una conducta se repite en un contexto parecido, con el tiempo puede resultar más fácil iniciarla. Por ejemplo, podemos decidir que después de levantarnos hacemos diez minutos de Chikung. O que antes de comenzar el trabajo permanecemos unos minutos en quietud. También podemos establecer que, al regresar a casa, antes de comenzar con otras actividades, realizamos una breve práctica de Tai Chi.
La diferencia entre estas dos formas de pensar es importante. Una persona que dice “si hoy tengo tiempo, practico” deja la práctica en manos de lo que ocurra durante el día. Una persona que decide “después de levantarme hago diez minutos de Chikung” ya ha reservado ese espacio. La organización, en este caso, no es enemiga de la espontaneidad. Es lo que permite que la práctica exista.
También necesitamos abandonar una idea que puede convertirse en un obstáculo: practicar no significa necesariamente hacer una sesión larga todos los días.
Si pensamos que para practicar Tai Chi o Chikung necesitamos una hora, una hora y media o dos horas, cualquier jornada complicada terminará convirtiéndose en una jornada sin práctica. En cambio, si aceptamos que existen diferentes formas de practicar, podemos mantener el vínculo incluso cuando tenemos poco tiempo.
Un día puede permitir una práctica completa. Otro puede permitir treinta minutos. Otro, diez. Y en una jornada especialmente difícil quizás solamente podamos permanecer unos minutos de pie, sentir el apoyo de los pies, observar la respiración y realizar algunos movimientos lentamente.
Eso no equivale a una sesión completa, pero tampoco es nada.
Esta diferencia evita una trampa frecuente: pensar que “si no puedo hacerlo bien, no vale la pena hacerlo”. Esa idea puede llevarnos a abandonar completamente una práctica que justamente necesitamos conservar.
La continuidad no significa hacer siempre lo mismo durante el mismo tiempo. Significa mantener la relación con aquello que practicamos, adaptándola a las circunstancias sin perder su sentido.
Esto es especialmente importante en disciplinas corporales como el Tai Chi y el Chikung. El aprendizaje no depende solamente de conocer intelectualmente los movimientos. También requiere familiarizarse con el cuerpo, desarrollar coordinación, percibir el equilibrio, reconocer tensiones innecesarias, regular el esfuerzo y aprender a prestar atención mientras nos movemos.
La repetición ayuda a integrar estos aspectos, pero repetir no significa hacerlo automáticamente. Podemos realizar muchas veces un movimiento sin estar realmente atentos. También podemos hacer una práctica breve y descubrir en ella algo que antes no habíamos percibido.
Por eso, más que pensar únicamente en cuánto practicamos, conviene preguntarnos cómo estamos practicando.
No se trata solamente de practicar todos los días.
Se trata de volver.
Volver al cuerpo.
Volver a la respiración.
Volver a la atención.
Volver al movimiento.
Volver al silencio.
Volver a aquello que consideramos importante.
Cada regreso puede ser pequeño. Lo importante es que exista.
Esto adquiere todavía más sentido en una época en la que gran parte de nuestra atención está permanentemente orientada hacia afuera. Pantallas, mensajes, noticias, conversaciones, decisiones y problemas nos mantienen respondiendo continuamente a estímulos.
El Tai Chi y el Chikung ofrecen otra experiencia temporal. El movimiento lento permite percibir antes de corregir, sentir antes de actuar y permanecer durante algunos instantes sin responder inmediatamente a todo lo que sucede.
Cuando practicamos podemos sentir el peso del cuerpo, el apoyo de los pies, la respiración, la posición de la columna, el movimiento de las articulaciones, los cambios del equilibrio y las zonas en las que aparece tensión innecesaria. Algo que parecía ser solamente un movimiento puede convertirse entonces en una oportunidad para observar cómo estamos.
Podemos comenzar una práctica pensando que estamos cansados y descubrir que, además del cansancio, hay tensión en los hombros. Podemos creer que estamos tranquilos y advertir que la respiración está acelerada. Podemos sentirnos dispersos y comprobar que después de unos minutos de movimiento lento nuestra atención empieza a organizarse.
La práctica no necesariamente elimina lo que nos sucede. Muchas veces nos ayuda simplemente a darnos cuenta de lo que está sucediendo.
Esa percepción puede trasladarse después a otros momentos del día. Una persona que aprende a reconocer la tensión de los hombros durante el Tai Chi puede comenzar a reconocerla mientras trabaja frente a una computadora. Quien aprende a observar su respiración durante el Chikung puede advertir más fácilmente cuándo está respirando de manera agitada en una situación cotidiana.
Así, la práctica deja de estar limitada al momento en que estamos haciendo los ejercicios. Lo aprendido comienza a acompañarnos.
Pero también es importante evitar una interpretación demasiado simple. No siempre que una persona deja de practicar significa que le falta disciplina o que realmente no le interesa. Las circunstancias tienen un peso considerable.
El trabajo, el cuidado de otras personas, los horarios, la situación económica, los desplazamientos, el cansancio y las responsabilidades pueden hacer que practicar resulte objetivamente más difícil.
Por eso, decirle a alguien “si realmente quisieras, encontrarías el tiempo” no siempre es una respuesta justa. Puede desconocer las condiciones concretas en las que esa persona está viviendo. Una mirada más realista sería preguntarnos qué práctica es posible dentro de las condiciones que tenemos hoy.
Alguien que dispone de mucho tiempo puede hacer una práctica extensa de Tai Chi y Chikung. Alguien que trabaja muchas horas puede necesitar dividirla en períodos más pequeños. Una persona que viaja puede practicar en una habitación. Alguien que atraviesa una etapa especialmente exigente puede reducir durante un tiempo la duración de su práctica sin abandonarla completamente.
La capacidad de adaptación también forma parte de la práctica. No siempre podemos decidir las circunstancias. Pero podemos intentar decidir qué hacemos dentro de ellas.
Para facilitarlo, puede ser útil pensar en la práctica como un pequeño territorio protegido. Ese territorio necesita tres cosas: tiempo, espacio y atención.
El tiempo significa reservar un momento. El espacio significa disponer, cuando sea posible, de un lugar que facilite la práctica. Y la atención significa proteger esos minutos de interrupciones innecesarias.
El entorno tiene más importancia de la que solemos imaginar. Si para comenzar necesitamos preparar demasiadas cosas, buscar un lugar, mover objetos, cambiar de ropa y resolver varias cuestiones, cada pequeño obstáculo aumenta la posibilidad de postergar. En cambio, si el espacio está preparado y sabemos cuándo vamos a practicar, comenzar requiere menos decisiones.
Por eso, preparar el entorno también es una forma de cuidar la práctica.
Lo mismo ocurre con las interrupciones. Podemos reservar media hora para hacer Tai Chi, pero si durante ese tiempo miramos el teléfono cada pocos minutos, respondemos mensajes o estamos pensando constantemente en lo que tenemos que hacer después, nuestro cuerpo estará practicando mientras nuestra atención permanece en otro lugar.
A veces basta con silenciar el teléfono, avisar a quienes conviven con nosotros que durante unos minutos no estaremos disponibles o elegir un momento del día en el que haya menos interrupciones.
También puede ayudar un pequeño ritual de entrada. Preparar el espacio, colocarnos de determinada manera, guardar silencio, regular la respiración o permanecer unos instantes quietos puede señalar que estamos entrando en otro momento.
La práctica comienza antes del primer movimiento.
Comienza cuando decidimos que, durante un período determinado, no vamos a responder inmediatamente a todo lo que reclame nuestra atención.
Proteger ese espacio también puede significar aprender a decir “ahora no”.
No necesariamente por egoísmo. Una vida equilibrada necesita límites. Estar disponibles para los demás es importante, pero estar disponibles permanentemente tiene un costo. Si nunca reservamos un espacio para nosotros mismos, podemos terminar dedicando mucho tiempo a responder a las necesidades de los demás y muy poco a escuchar las propias.
Sin embargo, también existe un peligro en llevar esta idea demasiado lejos. La práctica no debería convertirse en otra obligación que nos genera culpa. Si pensamos que tenemos que practicar todos los días durante una hora y que, si un día no lo hacemos, hemos fracasado, podemos transformar una actividad destinada a ayudarnos en una nueva fuente de presión.
La regularidad debe estar al servicio de la práctica.
Una alternativa más flexible consiste en establecer un mínimo sostenible. Puede ser de diez minutos, mientras que treinta o cuarenta y cinco minutos constituyen nuestra práctica habitual y una sesión más larga queda disponible para los días en que tenemos más tiempo y energía.
De esta manera, un día complicado no destruye la continuidad. Y si un día no practicamos, tampoco significa que todo lo anterior haya desaparecido.
Lo importante es saber regresar.
La pregunta no debería ser solamente “¿por qué ayer no practiqué?”. Una pregunta más útil puede ser “¿cuándo vuelvo?”. Esta manera de pensar modifica nuestra relación con la disciplina. En lugar de utilizar una interrupción para juzgarnos, podemos utilizarla como una oportunidad para retomar.
Hay, además, una cuestión esencial. Conectar con uno mismo no debería convertirse en una manera sofisticada de escapar de la realidad. La práctica no consiste en construir una burbuja en la que nada nos moleste. Tampoco se trata de aislarnos de los problemas, de las responsabilidades o de las personas que forman parte de nuestra vida. Su valor puede estar precisamente en cómo regresamos después.
Después de practicar volvemos al trabajo. Volvemos a la familia. Volvemos a nuestras responsabilidades. Volvemos a los problemas que quizás todavía siguen allí. Pero podemos volver con una atención diferente, con mayor percepción corporal, con otra relación con la respiración y con una mayor capacidad para observar antes de reaccionar.
En ese sentido, el momento protegido no está separado de la vida. Es una manera de prepararnos para vivirla.
La práctica también puede enseñarnos algo sobre el tiempo. Durante la vida cotidiana solemos pensar que necesitamos grandes espacios para hacer cambios importantes. Sin embargo, muchas transformaciones se construyen mediante pequeñas acciones repetidas durante períodos prolongados.
Diez minutos hoy no parecen mucho. Diez minutos mañana tampoco. Pero una práctica que se mantiene durante meses deja de ser un acontecimiento aislado y se convierte en una relación estable con nosotros mismos.
Por eso, proteger el momento de conectar no significa encontrar una vida sin obligaciones. Esa vida probablemente no exista. Significa aprender a reservar un espacio incluso dentro de una vida llena de obligaciones. Puede ser una hora. Puede ser media hora. Puede ser quince minutos. Puede ser un período breve en un día especialmente difícil. Lo importante es conservar el vínculo con aquello que reconocemos como importante en nuestra manera de vivir.
La práctica cotidiana funciona como un hilo que atraviesa los cambios de la vida. Los horarios cambian, aparecen problemas, surgen responsabilidades, nuestros estados de ánimo varían y muchas veces nuestros planes se modifican. Sin embargo, podemos conservar la posibilidad de volver.
Y cada regreso nos recuerda algo fundamental: no somos solamente aquello que tenemos que hacer. También somos aquello a lo que elegimos dedicar nuestra atención.
Si todo lo urgente ocupa siempre el lugar de lo importante, terminaremos viviendo casi exclusivamente en respuesta a las circunstancias. Si, en cambio, conseguimos reservar aunque sea un pequeño espacio para aquello que valoramos, introducimos una dirección propia dentro del movimiento cotidiano.
No podemos impedir que la vida se interponga. Pero podemos aprender a no permitir que, cada vez que lo haga, nos aparte completamente de aquello que nos ayuda a estar presentes en ella.

En lo personal la perseverancia de la disciplina me ha ayudado aún en los momentos más difíciles. Es lógico que hay necesidades de pausa o los inconvenientes que pueden presentarse en el diario vivir. Pero siempre es bueno reservar un espacio para practicar aunque sea por nosotros mismos. A veces el cuerpo nos pide increíblemente en algún momento del día movernos, recordar movimientos. También reconocer la tensión en determinadas ocasiones y ahí es cuando empezamos a percibir las dolencias corporales y de nuestra mente. No vemos el mundo como es sino como lo percibimos.
ResponderEliminarQué hermoso lo que compartís. La práctica sostenida nos enseña justamente eso: no se trata de practicar solamente cuando todo está bien, sino de aprender a volver a nosotros incluso en los momentos difíciles.
EliminarA veces unos pocos minutos de movimiento, respiración y atención alcanzan para volver a escuchar al cuerpo y reconocer aquello que estaba pasando inadvertido. Y desde ahí también cambia nuestra manera de percibir lo que nos sucede.
La disciplina, cuando no es exigencia sino cuidado, se convierte en una forma de acompañarnos a nosotros mismos. 🙏
Gracias Marcos!! y si no tenemos que sentir la disciplina como exigencia sino del bienestar que sentimos con la práctica e increíblemente nuestro cuerpo siente la necesidad de la práctica porque ya la tenemos incorporada.
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