Hacer menos es más
Hacer menos es más
«No buscamos hacer el movimiento más grande. Buscamos que, dentro del movimiento que ya tenemos, haya cada vez más espacio.»
Estamos acostumbrados a pensar el progreso como algo que aumenta. Si entrenamos, esperamos correr más rápido, levantar más peso, estirarnos más, bajar más en una postura o llegar más lejos con un movimiento. Es una manera válida de medir una capacidad, pero no es la única. También podemos progresar sin agregar distancia, realizando el mismo movimiento con menos esfuerzo innecesario, respirando mejor, distribuyendo de otra manera el peso, manteniendo disponibles las articulaciones y percibiendo más cosas al mismo tiempo. Desde esta perspectiva, progresar no consiste solamente en ampliar lo que podemos hacer, sino también en aumentar nuestra libertad dentro de aquello que ya podemos hacer.
Esta diferencia permite precisar qué significa aquí la palabra comodidad. No estoy proponiendo evitar el esfuerzo ni realizar movimientos blandos, pequeños o fáciles. Todo movimiento requiere fuerza. Necesitamos sostener nuestro peso, desplazarnos, girar, empujar el suelo y responder continuamente a la gravedad. Incluso cuando creemos estar completamente quietos, el cuerpo realiza pequeños ajustes para mantenernos de pie. Por eso relajarse no significa dejar de hacer fuerza, sino dejar de hacer la fuerza que no hace falta.
Hay una frase que utilizo habitualmente en mi práctica y que resume bastante bien este criterio.
«Podría hacer un poco más, pero no necesito hacerlo.»
La frase sitúa al practicante antes de su límite. Supongamos que puedo elevar el brazo hasta cierto punto. Naturalmente podría intentar llevarlo hasta el máximo, pero también puedo detenerme un poco antes y cambiar el objeto de mi atención. En lugar de preguntarme cuánto más puedo subirlo, puedo observar si logro soltar el hombro, respirar con normalidad, conservar disponible el cuello, continuar sintiendo los pies y permitir que la escápula participe del movimiento. Curiosamente, al reducir unos grados la amplitud aumenta la cantidad de relaciones que puedo percibir. Hacer un movimiento algo más pequeño no necesariamente lo empobrece. En determinadas circunstancias, permite enriquecerlo.
Algo semejante ocurre al descender en una postura. Una persona puede bajar hasta que las piernas tiemblen, la pelvis se bloquee, el torso comience a inclinarse y la respiración se modifique. Desde afuera parece haber conseguido algo importante porque llegó más abajo. Sin embargo, quizá ya no pueda cambiar rápidamente de dirección, salir de la postura sin realizar un gran esfuerzo o conservar disponibles algunas articulaciones. Si sube apenas unos centímetros puede recuperar respiración, movilidad y capacidad de respuesta. La postura se ha hecho más pequeña por fuera, pero funcionalmente se ha vuelto más rica.
Esta diferencia entre tamaño y calidad resulta particularmente interesante en el Tai Chi de la familia Yang. El estilo Yang que conocemos actualmente está asociado con movimientos amplios, redondeados, continuos y extendidos. Yang Luchan fue el fundador de este linaje y posteriormente su nieto Yang Chengfu tuvo un papel decisivo en la difusión de la forma de gran marco, conocida como dàjià. A primera vista podría parecer que un estilo caracterizado por movimientos grandes contradice una propuesta basada en hacer menos. Sin embargo, un movimiento puede ser amplio sin estar forzado, extendido sin ser rígido, lleno sin endurecerse y relajado sin derrumbarse. Del mismo modo, una persona puede realizar un movimiento muy pequeño y permanecer completamente tensa. El verdadero opuesto de la relajación no es la amplitud.
Por eso no se trata de elegir entre comodidad y amplitud, sino de establecer un orden. Primero buscamos comodidad y organización. Desde allí puede aparecer la expansión y, finalmente, una amplitud mayor. Cuando invertimos esa secuencia, corremos el riesgo de intentar alcanzar primero una posición grande y después tratar de relajarnos dentro de ella, aunque la hayamos construido mediante compensaciones. La amplitud deja entonces de ser una consecuencia de una buena organización y se convierte en una exigencia que el cuerpo debe resolver de alguna manera.
Este problema nos conduce a uno de los conceptos centrales del Tai Chi, que es la relajación, aunque la palabra puede resultar engañosa si imaginamos un cuerpo flojo o pasivo. En la práctica implica abandonar tensiones innecesarias sin perder estructura, conexión ni capacidad de respuesta. Aquí aparece también el concepto de peng, una cualidad expansiva que permite comprender que soltar y sostener no son necesariamente acciones contrarias. Podemos soltar sin derrumbarnos y expandirnos sin endurecernos. Si para relajarme tengo que colapsar la postura, he perdido organización. Si para conservar la estructura necesito endurecer todo el cuerpo, he sustituido organización por rigidez. Lo que buscamos es estructura sin rigidez y relajación sin colapso.
Ese territorio intermedio no debe entenderse simplemente como un término medio entre estar duro y estar flojo. Su característica fundamental es que conserva posibilidades. Un cuerpo bien organizado puede continuar un movimiento, detenerlo, cambiar de dirección, ceder, ejercer fuerza o regresar. Por eso quizá sea más preciso hablar de disponibilidad. Estar cómodo dentro de un movimiento no significa que ese movimiento no exija nada, sino que, aun dentro de la exigencia, seguimos conservando alternativas.
La transferencia de peso ofrece un ejemplo muy claro. Si doy un paso hacia delante y comienzo a enviar mi peso al pie delantero antes de que ese pie se encuentre preparado para recibirlo, durante un instante quedo comprometido con el movimiento. Para regresar necesito realizar una nueva reorganización. Si, en cambio, primero coloco el pie y después transfiero progresivamente el peso, conservo durante más tiempo la posibilidad de continuar o volver. Una cosa es poner el pie y otra poner el peso. Esta diferencia, aparentemente pequeña, modifica completamente la calidad del desplazamiento porque introduce la posibilidad de elegir hasta bastante avanzado el movimiento.
Aquí aparece la relación clásica del Tai Chi entre lleno y vacío. Una pierna que sostiene la mayor parte del peso está relativamente llena. Para levantarla y desplazarla necesito descargarla, es decir, vaciarla. Mientras continúe cumpliendo la función de sostenerme, no estará completamente disponible para moverse. Vaciar no significa entonces no hacer nada, sino retirar una función para permitir que aparezca otra. En este sentido, hacer menos y vaciar tienen algo en común. En ambos casos retiramos aquello que ya no necesitamos para crear una nueva posibilidad.
Esta lógica permite formular una idea que a primera vista parece paradójica. El movimiento puede hacerse más grande sin ocupar más espacio. Imaginemos a un principiante desplazando un brazo principalmente desde el hombro. Puede producir un gesto exterior bastante grande. Ahora imaginemos a alguien con más experiencia realizando aparentemente el mismo movimiento, pero integrando el apoyo del pie, la pierna, el kua —la región funcional de la cadera y la ingle tan importante en las artes marciales chinas—, la pelvis, el tronco, la escápula, el brazo y finalmente la mano. El recorrido exterior puede medir exactamente lo mismo, pero el segundo movimiento involucra muchas más relaciones. En el primero hay mucho desplazamiento y pocas conexiones. En el segundo hay muchas conexiones dentro de un desplazamiento semejante.
Algo parecido sucede cuando aprendemos una habilidad nueva. Frente a un movimiento desconocido solemos aumentar la tensión porque todavía no sabemos cómo organizarlo. Podemos observarlo cuando alguien aprende a andar en bicicleta, patinar o mantenerse sobre una superficie inestable. Aparecen hombros elevados, mandíbula apretada, brazos rígidos y tensión en zonas que aparentemente tienen poco que ver con la tarea. El cuerpo intenta resolver la incertidumbre aumentando la estabilidad. Esa respuesta no es necesariamente un error, pero puede ser una solución transitoria. Con la práctica aprendemos qué necesita sostenerse, qué puede liberarse y en qué momento hacerlo.
La persona hábil, por lo tanto, no necesariamente utiliza poca fuerza. Aprende a utilizar menos fuerza innecesaria. Por eso una tarea difícil puede parecer sencilla cuando la realiza alguien experimentado. El trabajo sigue existiendo, pero está mejor distribuido. El experto no necesariamente hace menos, sino que necesita hacer menos cosas innecesarias para producir aquello que hace. Una parte de la destreza consiste precisamente en seleccionar, activando lo necesario, en el momento adecuado, en la dirección conveniente y con la intensidad suficiente.
Desde aquí puede comprenderse mejor otra expresión tradicional del Tai Chi, utilizar yi y no li. Yi suele traducirse como intención y li como fuerza. Interpretar la frase como una prohibición de utilizar fuerza sería absurdo, porque para cualquier movimiento necesitamos producirla. Resulta más útil entenderla como una advertencia contra la sustitución de la organización por fuerza bruta. La intención organiza y la fuerza ejecuta. Cuando esa organización falla, solemos compensarla aumentando el esfuerzo. Empujamos más porque no encontramos el ángulo, endurecemos el hombro porque no conseguimos transmitir desde el suelo, apretamos la mano porque hemos perdido la conexión con el tronco o forzamos la cadera porque queremos alcanzar una amplitud que todavía no sabemos organizar.
Esto no supone despreciar la fuerza. Ser fuerte constituye un recurso valioso. La cuestión es no utilizar ese recurso para evitar aprender aquello que todavía no sabemos resolver. La verdadera economía no consiste en utilizar siempre poca fuerza, sino en no utilizar más de la necesaria.
Esta manera de pensar la habilidad encuentra una resonancia interesante en la antigua noción griega de mêtis, trabajada por Marcel Detienne y Jean-Pierre Vernant. La mêtis designa una forma de inteligencia práctica vinculada con la adaptación, la previsión, el ingenio, la flexibilidad y la capacidad de encontrar soluciones indirectas frente a situaciones cambiantes. Ulises es una de sus figuras paradigmáticas. En castellano tenemos una expresión que, sin ser equivalente, captura una parte de esta idea cuando decimos que más vale maña que fuerza. La persona hábil no obtiene necesariamente mejores resultados porque produzca más fuerza, sino porque comprende mejor la situación.
La comparación entre Ulises y Aquiles ayuda a visualizar esta diferencia. Aquiles representa de manera extraordinaria la potencia directa, mientras que Ulises encarna otra modalidad de eficacia. Observa, espera, modifica su estrategia y utiliza las circunstancias. No intenta resolver necesariamente cada dificultad enfrentando una fuerza con otra equivalente. No se trata de afirmar que el Tai Chi y la mêtis sean históricamente equivalentes, porque pertenecen a culturas y tradiciones diferentes. La comparación resulta útil porque permite reconocer una intuición semejante. La adaptación puede conseguir aquello que la imposición no consigue.
Este recorrido encuentra otra resonancia en el concepto chino de wúwéi. Se lo traduce frecuentemente como “no hacer”, aunque esa expresión puede hacernos imaginar una actitud puramente pasiva. Para lo que aquí nos interesa, resulta más fértil comprenderlo como una acción que no fuerza innecesariamente las condiciones. Una cosa es producir un movimiento y otra es obligarlo a ocurrir. Esta diferencia puede experimentarse durante una simple rotación. Si intento girar más allá del punto en que pelvis, columna y apoyos pueden coordinarse, alguna parte tendrá que compensar ese aumento de amplitud. Tal vez se desplace una rodilla, un pie pierda calidad de apoyo, la región lumbar concentre demasiado movimiento o los hombros completen aquello que el resto del cuerpo no pudo resolver. Externamente giré más, pero el movimiento en conjunto perdió coherencia.
Si reduzco unos grados ese giro y recupero la participación de pies, piernas, pelvis y columna, ocurre algo aparentemente contradictorio. Hago menos recorrido, pero utilizo más cuerpo. Esta es una de las paradojas centrales de la propuesta. Menos recorrido puede significar más cuerpo.
Nada de esto implica que debamos permanecer siempre en una zona fácil. El aprendizaje necesita dificultad, carga, adaptación, inestabilidad y situaciones que todavía no sabemos resolver. En ocasiones el entrenamiento puede exigir un esfuerzo considerable. Lo importante es aprender a distinguir entre una incomodidad que informa y una incomodidad que simplemente estamos imponiendo. La primera nos permite advertir que allí perdemos el equilibrio, cambia nuestra respiración, aparece una limitación o necesitamos encontrar otra organización. La segunda comienza cuando dejamos de escuchar esas señales y continuamos exigiendo amplitud como si llegar más lejos fuera el único criterio de progreso.
Por eso me interesa tanto la frase “podría hacer un poco más, pero no necesito hacerlo”. No propone huir del límite, sino acercarse a él conservando margen de maniobra. Y ese margen constituye una característica fundamental de la habilidad. Cuanto mayor sea mi capacidad para modificar una acción sin desorganizarme, mayor será mi disponibilidad dentro de ella.
El equilibrio sobre una pierna permite verlo con claridad. Una persona puede permanecer treinta segundos inmóvil, pero hacerlo endureciendo todo el cuerpo, conteniendo parcialmente la respiración y fijando intensamente la mirada. Otra quizá permanezca solamente diez segundos, pero durante ese tiempo pueda respirar, mover los brazos, girar la cabeza, modificar ligeramente su altura y bajar el pie cuando decide hacerlo. La primera demuestra capacidad de permanencia. La segunda muestra, además, disponibilidad. Esto nos obliga a ampliar nuestra idea de estabilidad, porque estar estable no consiste solamente en no moverse. También consiste en poder moverse sin perderse.
Si reduzco ligeramente la amplitud de un movimiento, quizá pueda respirar mejor, percibir más, disminuir tensiones innecesarias, distribuir mejor el peso, distinguir lleno y vacío, conservar movilidad articular y coordinar un número mayor de partes del cuerpo. He perdido centímetros, pero he ganado grados de libertad. De allí surge una formulación que resume buena parte de esta propuesta.
«A veces hay que achicar el movimiento para agrandar el cuerpo.»
Después, desde esa nueva organización, la amplitud puede volver a crecer. Pero será una amplitud construida desde dentro y no impuesta desde fuera.
Una imagen de la biología permite comprender esta idea desde otro lugar. Durante mucho tiempo circuló la afirmación de que la superficie interna del aparato digestivo humano era comparable a una cancha de tenis. Las estimaciones actuales son considerablemente menores y sitúan la superficie total del tracto gastrointestinal alrededor de los 32 metros cuadrados, aproximadamente 30 de ellos correspondientes al intestino delgado. La cifra es menos espectacular que las antiguas estimaciones de 200 o 300 metros cuadrados, pero el principio que nos interesa permanece intacto. Mediante pliegues, vellosidades y microvellosidades, el intestino consigue aumentar enormemente su superficie funcional sin necesitar un incremento proporcional de su volumen exterior.
La metáfora resulta fértil porque el organismo utiliza una estrategia semejante en numerosas estructuras mediante pliegues, ramificaciones y redes. Crecer no significa necesariamente ocupar más espacio. También podemos aumentar la cantidad de relaciones existentes dentro de un mismo espacio. Al comienzo del aprendizaje puede haber simplemente una mano que se mueve. Después descubrimos su relación con el brazo, más tarde con la escápula y el tronco, y luego con la pelvis, el kua, las piernas y los pies. Con el tiempo, esas partes dejan de sentirse como una suma de piezas que debemos controlar individualmente y comienzan a participar en una acción integrada. Externamente la mano quizá recorra exactamente la misma distancia, pero internamente ha ocurrido una enorme expansión.
Esto me lleva a proponer tres formas de amplitud. La amplitud externa expresa cuánto separo los pies, cuánto extiendo los brazos, cuánto desciendo o cuánto giro. La amplitud interna refiere a la cantidad y calidad de relaciones corporales que pueden participar coordinadamente en ese recorrido. La amplitud perceptiva expresa cuánto puedo sentir y diferenciar mientras me muevo sin que esa atención interfiera con la acción. Las tres pueden desarrollarse de manera diferente. Un principiante puede poseer una gran amplitud externa y muy poca amplitud interna y perceptiva, mientras que un practicante experimentado puede realizar un movimiento pequeño con una enorme riqueza organizativa y sensorial.
Tampoco deberíamos caer en el error contrario y concluir que pequeño es mejor que grande. No estamos defendiendo el movimiento pequeño, sino el movimiento disponible. Un gran movimiento Yang representaría idealmente la convergencia de las tres dimensiones, grande por fuera, grande por dentro y grande en conciencia.
A partir de aquí, hacer menos para hacer más deja de ser solamente una idea y puede convertirse en un procedimiento concreto de aprendizaje. Primero realizamos el movimiento tal como habitualmente lo hacemos. Después reducimos ligeramente su amplitud y, dentro de ese espacio menor, observamos si podemos respirar con libertad, disminuir tensiones innecesarias, conservar estructura, percibir nuestros apoyos y mantener la posibilidad de detenernos, regresar o cambiar de dirección. Cuando encontramos esa organización, comenzamos a ampliar nuevamente el movimiento. La pregunta deja de ser cuánto más puedo hacer y pasa a ser cuánto puedo ampliar sin perder aquello que acabo de encontrar.
Esto permite formular una regla sencilla.
«En cuanto para ganar un centímetro tenga que perder relajación, organización, percepción o continuidad, ese centímetro todavía no me pertenece.»
La palabra “todavía” es fundamental porque no establece un límite definitivo ni propone resignarnos a nuestra capacidad actual. Distingue entre una amplitud disponible y una amplitud prestada. La amplitud disponible me pertenece porque puedo habitarla, respirar dentro de ella, moverme, detenerme, regresar y responder. A la amplitud prestada puedo llegar, pero tengo que pagarla con compensaciones. El entrenamiento consiste precisamente en transformar progresivamente lo prestado en propio.
Vista de este modo, la amplitud deja de ser un territorio que conquistamos contra el cuerpo y comienza a ser un espacio que aprendemos a habitar. La mêtis griega nos recuerda que no toda dificultad necesita enfrentarse frontalmente. El wúwéi taoísta permite pensar una acción que no se impone innecesariamente. El concepto de relajación propone soltar sin perder estructura y el peng recuerda que esa soltura puede conservar expansión. La relación entre lleno y vacío muestra que liberar una parte del cuerpo exige reorganizar previamente la carga. El gran marco del estilo Yang permite comprender que amplitud y relajación no son términos opuestos. Incluso la biología ofrece una imagen de estructuras capaces de aumentar enormemente su capacidad interna sin necesitar un crecimiento equivalente de sus dimensiones exteriores.
Todas estas ideas convergen en un mismo criterio. No se trata de renunciar a crecer, sino de modificar nuestra idea de crecimiento. En lugar de medir únicamente cuánto espacio ocupa el movimiento, podemos observar cuánto espacio existe dentro de él. En lugar de preguntarnos solamente hasta dónde llegamos, podemos preguntarnos qué conservamos mientras llegamos.
«No busques llegar más lejos. Busca necesitar menos esfuerzo innecesario para llegar hasta donde ya llegás.»
Cuando ese espacio interior se vuelve más organizado, perceptible y disponible, aparece una nueva posibilidad de crecimiento. La amplitud puede entonces aumentar sin convertirse en una conquista contra el cuerpo. Primero expandimos por dentro y después, si hace falta, por fuera. Eso es hacer menos para poder hacer más.

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