Volver a la tierra, volver a lo esencial (dedicado a mi madre)
Volver a la tierra, volver a lo esencial
Mi madre me decía: «No te podés aburrir, hay un montón de cosas para hacer».
Hoy vivimos en una época en la que parece no haber lugar para el aburrimiento. Estamos rodeados de entretenimientos, estímulos y distracciones que ocupan cada momento disponible. Apenas aparece un espacio vacío, enseguida buscamos con qué llenarlo. Como si el tiempo tuviera valor solamente cuando hacemos algo con él.
Y, entre tantas cosas por hacer, encontré el taichi.
El taichi está siempre conmigo. No depende de un lugar determinado ni de disponer de elementos especiales. Donde vaya, puedo desplegarlo. Basta con detenerme, prestar atención al cuerpo, respirar y comenzar a moverme.
No es un entretenimiento ni una distracción para llenar el tiempo. Me ofrece algo diferente, que es la posibilidad de volver una y otra vez sobre lo conocido y descubrir que todavía hay algo por aprender.
Porque vivimos en una cultura que valora la novedad, la innovación y el progreso constante. Siempre parece necesario hacer algo diferente, avanzar, superar lo anterior. Y, sin embargo, hay otra manera de experimentar el tiempo, que es la de los ciclos, la de aquello que vuelve, la de los ritmos de la naturaleza.
La tierra nos recuerda que la vida no avanza únicamente en línea recta. Hay tiempos de sembrar, de crecer, de dar frutos y de volver al reposo. Cada estación regresa, pero nunca lo hace en condiciones exactamente iguales. En esa repetición hay continuidad y, al mismo tiempo, transformación.
Quizás por eso, desde tiempos ancestrales, la tierra fue asociada simbólicamente con la figura materna: aquello que nos nutre, nos sostiene y hace posible la vida. Una presencia que muchas veces damos por sentada, hasta que nos detenemos a reconocer cuánto de lo que somos proviene de ella.
El historiador de las religiones Mircea Eliade estudió cómo, en numerosas tradiciones, los rituales permitían regresar simbólicamente a un tiempo originario, a aquel acontecimiento que había fundado lo sagrado. Repetir el rito no era simplemente hacer lo mismo otra vez, sino que era renovar un vínculo con aquello que daba sentido a la existencia. Y hay algo de esa intuición que también podemos encontrar en la práctica.
Porque en el taichi repetimos posturas, movimientos y secuencias. Pero cada vez que volvemos a ellos, el cuerpo es otro, la atención es otra y nuestra experiencia también ha cambiado. La repetición deja de ser una mera reiteración para convertirse en una oportunidad de profundizar, de percibir lo que antes pasaba inadvertido.
No necesitamos que todo sea nuevo para que algo tenga valor. A veces, lo que necesitamos es regresar al cuerpo, a la respiración, a un movimiento que conocemos, a una experiencia que nos acompaña desde hace tiempo.
Y quizás también regresar a aquello que nos dio origen, a las personas, los vínculos y los lugares que nos nutrieron y que, de alguna manera, siguen presentes en nosotros.
Mi madre decía que no me podía aburrir porque había un montón de cosas para hacer. Con el tiempo, el taichi me permitió descubrir que no siempre hace falta hacer más, ni buscar algo diferente, para encontrar sentido en lo que hacemos.
A veces basta con volver.
Volver a la tierra, al cuerpo, a lo esencial. Reconocer que no todo lo valioso necesita ser reemplazado y que hay cosas que, precisamente porque vuelven, permanecen vivas.
Quizás practicar sea también eso. Y sea aprender a habitar el tiempo sin la urgencia de llenarlo, encontrar en la repetición una forma de presencia y descubrir, en cada regreso, algo que merece ser cuidado.
Porque hay cosas que nos sostienen desde el origen y que, aunque pase el tiempo, nunca dejamos de volver a ellas.

Bellísima explicación querido profe
ResponderEliminarTal vez, sea la mejor definición de maternar...la acción de volver una y otra vez a nuestra verdadera esencia y dar sentido a nuestro paso por esta vida
Gracias
Así es querida Adriana! que hayas pasado un hermoso domingo. Siempre es un volver. Cariños
Eliminar